29 marzo 2007

Mucho de lo que sentirse orgulloso

Amo Valencia. No creo que fuera necesario escribirlo, pero por si acaso alguien de los que lee algunos de mis textos lo dudaba (supongo que la mayoría, al contrario, ya lo suponían), lo pongo así, explícitamente. Pero es un amor sincero, que no depende de las circunstancias. Hoy por ejemplo me he enterado -leyendo la prensa, qué cosas tiene- de que una importante empresa ha alquilado una noche el Mercado Central de la ciudad para realizar una fiesta en el marco de la Copa América. Un sarao de postín a la que podrían acudir Brad Pitt y Angelina Jolie. ¿Y qué siento? Pues una enorme alegría, principalmente por el hecho de que esa empresa -el grupo Prada- ha elegido para su exclusiva cita uno de los muchos edificios históricos de la ciudad.


¿Y quieren que les diga más? No me duelen prendas en reconocer que, si se hace esa fiesta es gracias a un gasto que considero tan prescindible para la ciudad como la Copa América. Pero eso sí, este reconocimiento no debe ocultar el otro matiz del acontecimiento: de todos los sitios de la ciudad que la prestigiosa empresa catalana podía alquilar para llevar a sus invitados, eligió el Mercado Central. Y es que ese edificio, como la Lonja que tiene enfrente, como las Reales Atarazanas, la Estación del Norte, las dos torres de Serranos y Quart, o barrios como el de Ruzafa, el Cabanyal o el mismo casco antiguo de la ciudad, son los que contienen la personalidad y la esencia de Valencia. Ahora el Mercado Central acaba -está en ello- de ser rehabilitado, y los valencianos tenemos que estar orgullosos de ello; pero al mismo tiempo debemos cuidar y exigir el cuidado del resto de nuestro patrimonio. Y eso no sucede.

La misma Copa América ha sido la excusa esgrimida por el Ayuntamiento para derribar una histórica fachada marítima -con edificaciones similares a los que tanta fama dan a Cádiz- donde se ha asfaltado un parking para los visitantes de la competición (¡!), aparcamiento provisional que seguramente en unos años se recalificará para edificar nuevas viviendas que nunca igualarán a las perdidas. Pero cualquier excusa es válida para poner en marcha la maquinaria de derribo en busca de nuevos solares. Rita Barberá lleva años intentando convencer a los ciudadanos de que es necesario eliminar un grandísimo número de edificios del Barrio del Cabanyal, el poblado marítimo de Valencia, para hacer una avenida que llegue desde el centro de la ciudad hasta el mar, una vía que nunca existió (y nadie reclama) y que costaría el derribo de edificios casi centenarios, algunos de características únicas en el mundo.

Y los que verdaderamente amen Valencia deben impedirlo. Porque edificios de Calatrava, para alegría de su diseñador, hay centenares en todo el mundo, pero arquitecturas únicas cada ciudad tiene pocas, cada vez menos, y sólo sus ciudadanos podemos preservarlas y con ellas, parte de nuestra identidad. A ver si eventos tan anecdóticos como éste nos sirven a los valencianos -que muchas veces necesitamos que vengan de fuera a decírnoslo- para abrir definitivamente los ojos y darnos cuenta de lo que realmente importa; de que nuestro valor no lo tiene que dictaminar, por poner el caso que viene a cuento, un maldito premio de Fórmula 1.

Publicar un comentario