07 marzo 2007

El núcleo duro

Habitualmente escuchamos la expresión "el núcleo duro" para referirse, en cualquier grupo de personas, a aquellos cuya postura, fiel al grupo, es inamovible. Cuando se habla de política y de partidos, muchas veces la expresión se emplea para referirse al grupo de votantes cuyo voto no cambia de signo pase lo que pase, ni siquiera aunque el partido con el que simpatizan incumpla las reglas más simples de la democracia y el estado de derecho. Un ejemplo célebre de núcleo duro es el de los votantes del PSOE que, a pesar de los numerosos casos de corrupción -GAL, fondos reservados, etc.- que apuntaban a algunos altos cargos de la cúpula del partido desde principios de los noventa, les concedieron una agónica victoria en las generales del 93 y una honrosa derrota en las del 96. Lo justo y lo sensato habría sido el más sumario castigo en las urnas a la primera de cambio, pero ahí estaba el núcleo duro para evitarlo. ¿Por qué? Pues vaya usted a saber, si por la amenaza de la retirada de las pensiones o por la más irracional del "doberman", pero el caso es que un grandísimo número de personas respaldaron ese modo de "hacer política" -si es que se puede llamar así-, unas formas -personajes indeseables incluidos- de las que tardó el mismo partido en desprenderse, pues sus viejos protagonistas se escudaban en ese apoyo del núcleo duro.

Bien, pues ahora la historia se repite. El PP, que había acelerado el ciclo de desencanto de su electorado con las actitudes absolutistas ejercidas por Aznar durante su segunda legislatura como presidente del gobierno -que ubicaban a su partido en el 2004 a las puertas de una victoria ya no absoluta pero sí suficiente-, se vio abocado a la derrota por la nefasta gestión realizada tras los atentados del 11M. La mentira empleada con fines electoralistas -creían que asegurar la autoría de ETA les reportaría un mayor margen de victoria- planteada en esos días a costa del brutal suceso, puso en alerta a la población sobre la avaricia de poder de algunos miembros del cúpula del Partido Popular, por lo que la mayoría de españoles votó por el cambio. Sin embargo, como en el caso de la corrupción que enfangó al PSOE en los noventa, tampoco la mentira supuso el coste político que el PP mereció en el 2004.

¿Qué hay peor que un político corrupto o uno mentiroso? Las personas sensatas dirían que nada, pero hay muchas otras a las que la corrupción o la mentira en los políticos no le importan si esos políticos son los suyos. Son los irracionales, los merluzos, el núcleo duro. Son tan idiotas que, aunque gane quien gane nunca pueden meter la cuchara para sacar tajada (al menos a estos sí que se les puede entender que no cambien), siguen apoyando a "los suyos" hasta el final. Ahora se puede ver a los del PP, semana sí, semana también, paseando en manifestación la agonía de sus líderes derrotados, que aún perpetúan los lamentables argumentos que les llevaron a su ocaso. Lo lógico es que el núcleo duro, si quiere ganar, les exigiera que salieran de su grupo y dejaran paso a gente nueva y limpia. Pero es lo que tienen los núcleos duros, los suelen integrar gentes cortas. ¿Pertenece usted a alguno?

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