03 febrero 2007

Una estafa de más de cinco minutos

Imagino que como muchos de ustedes, el pasado jueves yo también bajé el piloto del general (¿se dice así?) y me uní al apagón "contra el cambio climático" que puso en marcha una ONG francesa. Durante esos más de cinco minutos -no estuve miando el reloj para volver corriendo a enchufarme- me senté con mi pareja, y en voz alta, reflexionamos un poco de la iniciativa hasta que los pensamientos me arrastraron a las noches mágicas en que nos asomamos a los balcones para, cacerola o sartén en mano, alzar un quejido contra la injustificable guerra de Irak.

Aquello fue mágico. Recuerdo que por entonces vivía sólo y el primer día de convocatoria me asomé al enorme patio de vecinos que unía -ya no estoy alquilado allí- a toda una manzana de al menos veinte patios, y, a la hora acordada, en medio de la oscuridad y el silencio, empecé a darle a la sartén con una cuchara de palo, para que hiciera el mayor ruido posible (servidor es muy heavy). Allí estuve al menos cinco largos minutos hasta que se empezaron a unir los primeros vecinos, pocos en aquella primera ocasión, y tantos como los que se quejaban por lo que sucedía o desconocían la iniciativa. No obstante, creo que la valentía de aquellos que aguantaron la vergüenza de enfrentarse en solitario a la masa silenciosa ("la espiral del silencio" bautizó Noëlle-Neumann al mecanismo que inspira ese miedo a la soledad ideológica), fue la que invirtió la balanza para que, en convocatorias posteriores, el silencio se convirtiera en clamor, y el sentir de la gente se hiciera público por encima de los deseos de sus gobernantes.

Esta vez, en cambio, el mecanismo se ha vio viciado desde su misma gestación, cuando muchos políticos, los que se suponen que tienen que velar por tomar las medidas que impidan el calentamiento global, se unieron a la iniciativa "contra el cambio climático" apagando las luces que iluminan sus edificios más emblemáticos (en mi Valencia, conocida por su contaminación lumínica, ni los cuatro focos apagados impedían ver con toda claridad monumentos como Las Torres de Serranos), y ninguno de los organizadores de la misma se quejó. Es más, los medios de comunicación se hacían eco de esta hipocresía política y la celebraban, en un claro ejemplo de que los medios, apoyen al grupo político que apoyen, nos venden al fin la misma mentira, que no es ni más ni menos que la perpetuación del sistema.

Y se realizó el miniapagón. Y me uní. Y se consiguió un ahorro energético del 2'5% respecto a la media durante los cinco minutos que duró la protesta. Pero me es imposible unirme a la mayoría de voces que han celebrado la acción, pues al fin y al cabo ha quedado patente que ésta ha funcionado más como un lavado de cara de las instituciones -que no hacen nada por evitar el calentamiento global los otros 525.595 minutos de cada año-, que como movilización de una población que ayer mismo, seguro que en su mayoría no se sacrificaría lo más mínimo para cambiar ninguno de sus hábitos en pos de un mayor ahorro energético. Una población que ni siquiera alzó la más mínima voz para dirigirse al silencio y decir que a ella, pese a lo que dijera toda la prensa, no le habían engañado.

APUNTE

Javier Ortiz lo cuenta mucho mejor en su blog, en la entrada Los cinco minutos (por cierto, mejor en la versión extendida, que es la que enlazo, que en la recortada para su publicación en El Mundo).

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