10 enero 2007

House, un buen tipo

Gregory House ha vuelto a nuestras pantallas y creo que es motivo de alegría. Sí, nos lo han cambiado, al menos a mí, que me quedé fascinado cuando vi en Fox los primeros capítulos de la serie. Y es que, como sucediera con Los Simpsons, esos dibujos trampa amparados por la televisión de Ruppert Murdoch para atraer audiencia más progre a su canal (y sus informativos) de corte conservador, House en sus inicios no era para nada un programa para todos los públicos.

Que yo recuerde, hasta la fecha la televisión no había proporcionado el carácter de héroe a un personaje que ridiculizara los males de la sociedad occidental actual como lo hizo esta serie en sus inicios. El doctor machacaba con su honesta retórica a hipócritas, mentirosos, cínicos, falsos, convenencieros y demás ralea cuyo comportamiento veíamos reproducirse con fidelidad tal cual lo sufrimos en nuestra vida diaria. Y para colmo, salía ganando. Sí, se trataba de un superdotado cuya pericia le hacía tan imprescindible que le permitía atacar la estulticia tanto de jefes como de subordinados y pacientes, sin temor a perder su empleo o posición social; pero tratándose de una ficción televisiva, su mensaje, esa llamada a la rebelión sobre las convenciones sociales, no podía ser menos rompedor.

Sin embargo, como también vimos en Los Simpsons, donde a medida que avanzaban las temporadas se colaban esporádicamente mensajes puramente reaccionarios, nuestro héroe, Gregory House, se fue desdibujando y ya no sólo atacó la estupidez o la hipocresía de las personas, sino, en ocasiones, a las personas mismas, lo que proporcionó una coartada a todos aquellos espectadores incómodos por admirar la actitud del doctor, pero ser cobardes para aplicarla en su vida diaria. House acababa de traspasar la frontera entre el azote de la mediocridad y el mundo de los cascarrabias. Fue entonces cuando empezaron a arreciar aquellos que menospreciaban la serie y su mensaje primigenio apuntando que a ningún seguidor le gustaría toparse con un doctor como él en su consulta o sandeces similares (lo importante de la fábula no es que él sea médico o chapista, sino que es el mejor y eso le permite ser honesto sin límites); lo que unido a nuevos desaciertos en la trama de la ficción -como el enamoramiento de House por una pija petarda como su ex, de la que el personaje original no se habría quedado prendado en la vida- consiguieron que la serie dejara de ser un referente para convertirse en un buen entretenimiento.

Así pues, nos pusieron el caramelo en la boca, y poco a poco le fueron cambiando el sabor. Pese a ello, siendo conscientes de la trampa (si vieron los capítulos de ayer, se darían cuenta de detalles como que, cuando el protagonista era más feliz vestía como un burgués integrado, mientras que a medida que recuperaba el carácter más agrio volvían las camisetas negras y las zapatillas), disfrutaremos de los buenos momentos que seguro que sus creadores todavía nos puede proporcionar, esperando cualquier destello del primer House que estos puedan colar. A ver si hay suerte.

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